Cómo reivindicar los Derechos Humanos
¿Puede el hombre y la mujer de hoy sentir que su derecho a la vida está asegurado? ¿Que sus derechos fundamentales están respetados? ¿Puede estar contento con la calidad de su vida? Observando los últimos decenios en el mundo occidental, hay que reconocer que en general disfrutamos de mayor bienestar material. Gracias al progreso de la técnica y de la ciencia disfrutamos de más confort, más comodidad, fácil acceso a la información, confianza en la medicina que ofrece remedio a las enfermedades… Las estadísticas prueban que tenemos vidas más largas. Pero por otro lado crece el miedo a ataques terroristas, hay más noticias sobre víctimas de violencia, aumenta la desconfianza ante la manipulación… Parece, que la vida está en peligro si por un tiempo se pierde la conciencia o si se sale de la casa sin guardaespaldas. Estamos de acuerdo en que para hablar de una vida de calidad hay que incluir la seguridad. Ha mejorado la seguridad material, pero necesitamos algo más… confianza en los hombres.
En la historia de la humanidad hemos sufrido corrientes de pensamiento, que ponían en gran peligro los derechos fundamentales de los seres humanos. Aunque estas ideas erróneas de unos pensadores hayan sido ya superadas por otros filósofos, suelen seguir presentes y hacer daño en la cultura actual. Así pasa, por ejemplo, con el neopositivismo del círculo de Viena. Según sus criterios, sólo lo verificable por la experiencia puede ser afirmado como verdadero y habría que renunciar a conocer lo meta-sensible, es decir lo que va más allá de lo sensible, por ejemplo la “libertad”. En coherencia con su agnosticismo positivista y el neonominalismo, los derechos humanos serían sólo convenciones correlativas a una situación dada; y por tanto, serían mudables cambiada esta situación. El derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad privada, etc. serían puros nombres vacíos de valor, porque no se pueden verificar por la experiencia. Suena muy fuerte, pero es el fondo del neopositivismo del Círculo de Viena.
Sin embargo, los derechos universales de todos seres humanos, declarados en 1948 por las Naciones Unidas, nacen de la dignidad del ser humano, que es tan elevada precisamente porque supera lo físico. Tenemos derechos que deben ser respetados porque no somos solamente materia. Para reivindicar los derechos fundamentales de los seres humanos es necesario reconocer la dimensión espiritual del hombre. Sin la dimensión espiritual, nuestro derecho a la vida no sería mayor al de la mosca que molesta en un paseo.
Desgraciadamente los esquemas neopositivistas siguen influyendo en la mentalidad de nuestros tiempos. Hay dudas sobre quién tiene derecho a la vida… No parece claro el porqué de los derechos si no se prueban científicamente… Por tanto, además de superar falsas ideas filosóficas, hace falta sanar las correspondientes desviaciones en la mentalidad común para que se respete el derecho a la vida y todos los demás derechos.
Para ello puede ser útil recordar qué es la dimensión espiritual de la persona humana, que hace válidos sus derechos. El alma espiritual de cada ser humano es el principio específico, que da vida al cuerpo humano, le proporciona una inteligencia y voluntad libre y otorga a cada ser humano un valor absoluto, que llamamos dignidad humana. Ya hemos mencionado, que precisamente por superar lo sensible, no debemos querer probar sensiblemente la existencia de nuestras capacidades espirituales: de la inteligencia, voluntad libre, capacidad de amar… Pero ello no significa que no podamos tener la certeza de que existen. Su existencia ya ha sido demostrada de muchas maneras (por ejemplo por la evidencia de la experiencia de la libertad humana; por ver cómo el espíritu se expresa en el cuerpo humano, por la comparación con animales, por mencionar sólo algunos argumentos). Pertenece al sentido común reconocer la existencia de las facultades espirituales del hombre. Parecen evidentes, considerando los efectos del uso de nuestra inteligencia o las consecuencias de tomar decisiones libres.
Hace poco hemos podido alegrarnos del caso de Salvatore Crisafulli, que despertó después de 2 años en estado de coma causado por un accidente de coche. Aunque llamábamos a su estado “vegetativo”, porque externamente parecía inconsciente, este hombre ahora dice, que veía y oía todo durante los dos años y fue para él desesperante no poder responder a lo que pasaba a su alrededor. Su experiencia convence de que, aunque no podemos reconocer como se activan las potencias espirituales del ser humano, lo importante es que precisamente el ser humano tiene estas potencias por ser un individuo de la especie humana. Por ello, el Comité nacional de Bioética en Italia no ha tardado en aprobar un documento, según el cual no se debe suspender la alimentación artificial y la hidratación a personas en estado vegetativo persistente, si tienen funciones vitales normales.
Si se niega la dimensión espiritual, se puede negar el derecho a la vida. Sin embargo, cada ser humano, aunque ignore esta dimensión, la tiene. Por ello la calidad de vida que se busca para el ser humano tiene que corresponder a lo que él es de forma integra: una unidad personal de espíritu y cuerpo. Reducir esa calidad de vida a sólo el concepto de bienestar material es desconocer la verdad completa del ser humano, y asfixiar el elemento que justamente si se desarrolla le conduce a su plena realización: su espíritu libre.
Si bien es cierto, que en muchas sociedades se está logrando acrecentar el bienestar material, puede ser, que haga falta atender un poco más la parte propiamente humana. Habría que preocuparse por educar en valorar la vida para que no necesitemos temer que al vecino se le pueda ocurrir atentar contra la mía. Habría que buscar que, en primer lugar, en la familia uno se siente acogido y amado. Se podría confiar no sólo en que la pastilla que me da el médico funciona, sino también en que alguien va a cuidarme con amor cuando esté en necesidad.
Los programas políticos suelen buscar en primer lugar el progreso del Producto Interior Bruto. También podría ser apropiado esforzarse por el progreso en el humanismo, porque el hombre no es sólo materia.
Magda Figiel, colaboradora de www.mujernueva.org