LA LIBERTAD DE LOS DEMÁS
Por Oscar Fernández Espinosa de los Monteros
Descalificación y libertad
Cuando se etiqueta a una persona, generalmente es para descalificarla. Es una forma rápida de desacreditar a alguien. Hay personas que se dejan llevar por la ideas olvidándose de las personas. Cuando el camino debería ser el contrario, porque lo más importante son las personas.
Ser tolerante comienza por respetar la libertad ajena. A veces, se arrasa sobre los demás. Otras veces se anula al otro. Tolerar, en cambio, es tomarse en serio la libertad de los otros. En este clima no hay cupo para las descalificaciones, las agresiones verbales y las crispaciones. Pretender que todos piensen como nosotros es lo mismo que anular la libertad de los demás. Aceptar la libertad teórica de los otros sirve de poco si no aceptamos que se dé discrepancia entre ellos y nosotros. Algunos sólo se fijan en los demás por lo que tienen de diferentes. Es suficiente que detecten en el otro una discrepancia política, religiosa o incluso deportiva para ver en esa persona un rival. Ya todo lo demás no importa, lo único que se ve de ellas es la discrepancia. A partir de allí serán frecuentes las discusiones, las descalificaciones y las críticas. Y termina entendiéndose la vida como una lucha frente a los que no piensan como yo. En el fondo no se tolera que los demás piensen de una forma distinta a la suya.
Entre las personas que tachan a diestra y siniestra de intolerantes a los demás -por no coincidir con sus puntos de vista-, existe una obsesión por el origen del juicio (si es católico, fanático, de “derechas”…), y con ello muestran que les importa menos lo que se dice que quien lo dice.
La tolerancia hay que aprender a distinguirla de la legítima variedad de las opiniones y de los comportamientos. La libertad es un bien que no puede ser simplemente tolerado.
Oficialmente” tolerantes
Sorprende que quien tiene enarbolada la bandera de la tolerancia se manifieste intolerante ante posturas que considera poco afortunadas. Parece que algunos se hubieran proclamado como oficialmente tolerantes frente a los otros. Esta división entre tolerantes e intolerantes es arbitraria. Por ejemplo, no es más tolerante el que menos verdades sostiene, sino el que con certeza de que está en la verdad es capaz de respetar las opiniones ajenas.
Los límites
Existen límites para la tolerancia: la ley civil debe asegurar a todos los miembros de la sociedad el respeto de algunos derechos fundamentales, que pertenecen originariamente a la persona y que toda ley positiva debe reconocer y garantizar. Entre ellos el primero y fundamental es el derecho inviolable de cada ser humano inocente a la vida. Si la autoridad pública puede renunciar a reprimir aquello que provocaría de estar prohibido, un daño más grave[5] sin embargo, nunca debe legitimar, como derecho de los individuos —aunque éstos fueran la mayoría de los miembros de la sociedad—, la ofensa infligida a otras personas mediante la negación de un derecho suyo tan fundamental como el de la vida. La tolerancia legal del aborto o de la eutanasia no puede de ningún modo invocar el respeto de la conciencia de los demás, precisamente porque la sociedad tiene el derecho y el deber de protegerse de los abusos que se pueden dar en nombre de la conciencia y bajo el pretexto de la libertad.
Se tolera en sentido moral lo que es un mal, y en sentido político lo que se opone al bien común. Para que un mal pueda ser tolerado por la autoridad, ha de tratarse de un comportamiento externo, de carácter público -que afecte a otras personas- contrario a los bienes que debe custodiar.
Además, deberá ser un caso en el que se presente como mejor el no impedir el error para promover un bien mayor. Tomás de Aquino afirma que es propio del sabio legislador permitir las transgresiones menores para evitar las mayores. En la práctica, el ejercicio de la tolerancia platea difíciles problemas que solicitan la prudencia del gobernante.
Hay casos que no se pueden permitir. A ellos no alcanza la tolerancia. Cuando se dan estos comportamientos se califican de intolerables, porque efectivamente ninguna razón rectamente ordenada puede considerarlos buenos: Violación y aborto.
La tolerancia no puede ser vista como el sumo ideal de la civilidad. La meta no puede ser tolerar el mal, sino promover el bien.
Ignorancia
La ignorancia no es buena aliada de la tolerancia. La ignorancia es simplificadora, no matiza. Lo peor del ignorante no es que no sepa, sino que no sepa que no sabe.
Verdad
Como se sabe, la verdad no radica en el convencimiento que se tenga de ella, sino en su adecuación con la realidad.
Unos creen poseer la verdad; otros están convencidos de que no hay otra verdad que el ser humano, y que, como decía Protágoras, es la medida de todas las cosas, la verdad, pare ellos, radica en cada uno. Sin embargo, estos se contradicen cuando evalúan el punto de vista de aquellos que se tienen por testigos de la verdad como lo son los mártires, les parecen fanáticos, obcecados.
Algunos no creen en la verdad, sólo creen en la democracia, el pluralismo, el progreso y, por en una supuesta tolerancia que entienden a su modo.
El concepto de verdad ha sido prácticamente sustituido por el de progreso. Al progreso se le considera la verdad.
Pero, si no existe una verdad última que oriente la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas para fines de poder.
A lo largo de la historia, se han pretendido justificar, no pocas veces incluso con violencia física, la intolerancia y las ofensas a la libertad. Víctimas de esta concepción fueron los mártires cristianos; pero también los mismos católicos y no católicos, se han dejado arrastrar en ocasiones por esa mentalidad y han recurrido a la violencia.
Es cierto que en la historia ha habido casos en los que se han cometido crímenes en nombre de la verdad. Pero crímenes no menos graves y radicales negaciones de la libertad se han cometido y se siguen cometiendo también en nombre del relativismo, por ejemplo cuando una mayoría decreta la legitimidad de la eliminación de la vida humana aún no nacida, ¿acaso no adopta una decisión tiránica respecto al ser humano más débil e indefenso?.
La firmeza en la verdad no está peleada con la tolerancia, sino que la hace posible y evita que degenere en indiferencia ante el error o en justificación.
Nadie puede tener una opinión más desfavorable que yo de la situación actual de los católicos (Correspondence of J.H. Newman with J. Keble and Others, pp. 351 y 364) escribió Newman en 1844. Sin embargo, se convierte al catolicismo al conocer que la Iglesia era la verdadera, pues le importaba más obedecer a la verdad, que seguir el propio gusto.
Admitir la verdad condiciona la vida de los seres humanos. La tolerancia es un valor relacionado con la verdad. Negarla supone erigirse a sí mismo en creador de sus propias verdades.
Relativismo
El relativismo asegura que la vida moral, la religión, la cultura, es una creación circunstancial del propio hombre, y, por lo tanto, poseen un valor estrictamente relativo. Así, lo fundamental es la tolerancia. Cada cultura o religión debe concebirse a sí misma como una más entre otras. Lo contrario sería dogmatismo o fanatismo –fundamentalismo–, que es lo único que la tolerancia no debe tolerar. Evidentemente, tal visión abre camino a una concepción de la ética sólo como de procedimientos: la moral del buen funcionamiento.
Escepticismo
El escéptico no tolera porque no cree que exista la verdad y al parecerle que no existe, le da igual la opinión que se sostenga. En cambio la verdadera tolerancia no prescinde del criterio de verdad[15].
Los escépticos, si fueran consecuentes, pondrían en duda su escepticismo, pero en ellos hay una mezcla (o una oscilación) entre relativismo y dogmatismo. El escepticismo desaparece desde el momento en el que opta. Curiosamente su duda no alcanza a su moral, ni a su política.
Si nada fuera verdad ni error no tendría sentido desaprobar ¿con qué fundamento?
FUENTE:
Óscar Fernández Espinosa de los Monteros
Abogado e investigador en temas éticos y materias de Bioética
e-mail: oscarf@altavista.net